El tiempo no pasa en balde.

Hay un momento en la vida del cada ser humano, en el que el concepto estético que tenemos de nosotros mismos se estanca. Y si no, ¿qué explicación tiene ver hombres cercanos a la sesentena con unas patillas que casi rozan el cuello de la camisa? O cincuentones con chupas de cuero que huelen fatal después de décadas sin haber pasado por una tintorería. O mujeres con flequillo, pelo teñido de rubio y media melena con sombras de ojos azules y camisa por debajo de unos vaqueros de talle largo.
Por no hablar de las gafas de pasta enormes de color marrón que alguno se gasta diciendo que se han puesto de moda nuevamente…
Para gustos los colores pero para mí que la gente de a pie deja de preocuparse por la moda en un momento determinado de su vida y se quedan estancados en esos años de juventud (que van desde los 15 hasta los treinta y…) y de ahí no pasan por muchos años que llueva.
Con la música sucede al contrario. Parecemos un acordeón. En general nos encanta todo lo nuevo en la niñez y en la adolescencia pero según vamos sumando años a la calenda comenzamos a volvernos más y más clasicones defendiendo estilos musicales que años atrás nos parecían de lo más rancio.
Hay gente para todo y para muestra los Rolling.  En mi opinión alguien debería decirles que entre tanta droga y tanta arruga a veces choca ver como saltan en el escenario porque por mucho que intenten evitarlo son y parecen abuelotes sacados de contexto.
Que conste que me encantan los Rolling pero creo que hay un tiempo para todo.
Todo esto me ha venido a la mente cuando vi ayer en la tele la ceremonia de clausura de los JJOO y me chocó mucho ver al guitarrista de los Zeppelín (¿o era otro?) tocando con muchas energías la guitarra como si de un pretendiente a Operación Triunfo se tratara y es que, aunque la mona se vista de seda…

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