Costumbres casposas.

Desde que se desató la crisis del gas –ese maravilloso elemento que nos permite sobrellevar el frío invierno- no paro de ver en televisión a Putin sentado en una mesa con alguien delante que, con voz compungida, le explica cuáles son los problemas que la pobre madre Rusia tiene que sufrir por tener que lidiar con esos horribles vecinos que les ha tocado y que, según las malas lenguas, roban el gas o simplemente boicotean las instalaciones.
El primer ministro ruso, con expresión seria y prestando mucha atención pide explicaciones y aporta soluciones dándole al mundo una lección de cómo hay que llevar los asuntos de gran calado.
¡Vaya circo!
La verdad que me da la risa al ver estas “entrevistas” preparadas. Tienen, no sé, un tufillo a dictadura trasnochada que a lo mejor funciona en Rusia pero que huele cuando se muestra por aquí.
Por favor, que alguien le diga a Putin que no nos creemos nada y que por mucho que haga públicas estas conversaciones de guión, en el fondo sabemos que lo que quiere es vender más caro el gas en plena oleada de frío que, para colmo, viene de Siberia.

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